
Hay una frase que aparece en casi todos los supuestos prácticos que los preparadores corregimos en los primeros meses de preparación, y que casi nadie percibe como un problema: «Los alumnos realizarán una actividad sobre…». Detrás suele venir un tema, a veces un recurso, y poco más. Quien la escribe sabe perfectamente lo que tiene en la cabeza. El tribunal, en cambio, solo tiene lo que hay en el papel. Por eso saber redactar actividades de aprendizaje es una de las destrezas que más diferencia a unos opositores de otros en la parte práctica de la oposición, y una de las que menos se entrena.
Lo digo así de claro porque llevo muchos años leyendo supuestos y programaciones, y he comprobado que el problema rara vez es la falta de ideas. Las ideas suelen ser buenas. Lo que falla es la forma de contarlas. Una actividad mal redactada convierte una buena propuesta didáctica en una intención vaga, y el tribunal no puede puntuar intenciones. Puntúa lo que demuestras que sabes hacer, y en una actividad eso se demuestra en cómo la escribes.
Una actividad de aprendizaje bien redactada no es una frase. Es una pequeña pieza en la que tienen que encajar varias cosas a la vez: qué hace el alumnado, con qué finalidad y para quién, cómo se organiza el aula, con qué recursos y en cuánto tiempo, qué competencias específicas, criterios de evaluación y saberes básicos moviliza, cómo se atiende a la diversidad y cómo se va a evaluar. Contado así parece mucho, pero escrito con oficio cabe en un párrafo. Ese es precisamente el reto: conjugar todo lo necesario sin que el texto se convierta en una lista de apartados ni en una redacción interminable que el tribunal tenga que descifrar.
Hay un detalle que lo cambia casi todo: empezar por lo que hace el alumnado, con un verbo que se pueda observar, y no por lo que hace el docente. «El maestro explicará…» describe la enseñanza, no el aprendizaje. Y darle a lo que se produce un destinatario real, porque un texto que solo va a leer el docente es un ejercicio, mientras que uno pensado para otros compañeros, para las familias o para el barrio obliga a tomar decisiones, y eso es lo que convierte una tarea en competencial.
En el supuesto práctico esto pesa todavía más. Tienes un tiempo limitado, un enunciado que no conocías y un tribunal que va a leer muchos ejercicios seguidos. Una actividad redactada con precisión transmite algo que va más allá de su contenido: que sabes programar, que conoces el currículo y que lo llevas al aula sin esfuerzo aparente. Una actividad difusa transmite lo contrario, aunque la idea de fondo fuera la misma. Y como cada palabra está a la vista, todo lo que ya comenté sobre escribir bien en la oposición aplica aquí con toda su fuerza.
Me gusta compararlo con una receta de cocina. Si alguien te deja escrito «haz un bizcocho», sabes qué se espera de ti, pero no cómo hacerlo. Te faltan los ingredientes, las cantidades, el orden, la temperatura del horno y el tiempo. Una buena receta permite que cualquier persona obtenga el mismo resultado sin haber hablado nunca con quien la escribió. Una actividad de aprendizaje tiene que funcionar igual: cualquier docente que la lea debería poder llevarla al aula mañana, y el tribunal debería poder ver en ella todas las decisiones que has tomado.
Esto no se consigue la víspera del examen. Se consigue redactando muchas actividades, corrigiéndolas y volviéndolas a escribir hasta que la estructura sale sola y puedes dedicar la cabeza a lo que de verdad importa: pensar una buena propuesta para el caso concreto que te pongan delante.
Porque, al final, una actividad bien escrita dice mucho de quien la escribe. Dice que sabe lo que quiere que aprenda su alumnado, cómo lo va a conseguir y cómo va a saber si lo ha logrado. Y eso es lo que un tribunal quiere comprobar, y por ese motivo, en las especialidades en las que tenemos grupos de preparación, insistimos tanto en esto.
27 de septiembre de 2026
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