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El examen no es la evaluación

11 de octubre de 2026

Mientras no cambiemos la forma de evaluar al alumnado, no va a cambiar nada. Es la conclusión a la que vuelvo curso tras curso, y en la que coinciden no pocos autores. Da igual que estrenemos currículo, que aprobemos una nueva ley educativa o que nos formemos en las estrategias metodológicas más actuales. Mientras el examen como instrumento de evaluación siga decidiendo la nota, la enseñanza seguirá girando en torno a ese momento: la nota.

Lo digo así de claro porque llevo muchos años entrando en centros educativos y asistiendo a sesiones de evaluación. Podemos darle todas las vueltas que queramos a la metodología, pero la inercia que la tradición ha imprimido al sistema educativo es tan fuerte que, si no damos un giro completo a la evaluación, nada de lo demás llegará de verdad al aula.

Sin ir más lejos, en estas primeras semanas de curso se ha llevado a cabo la evaluación inicial. Lo habitual es que cada docente pase una prueba desde su materia, con una finalidad que se diluye cuando llega la sesión de evaluación inicial del equipo docente. A diferencia del resto de sesiones, no hay un borrador de acta con calificaciones, y no siempre se sabe muy bien por dónde enfocarla. Cada docente hace lo que buenamente puede, pero no siempre con una finalidad clara hacia lo que debería ser el objetivo: detectar el nivel competencial de partida del alumnado y, con esa información, ajustar la enseñanza a la realidad del grupo y de cada alumno. Ya expliqué en este blog el error de calificar la evaluación inicial, y hace años escribí sobre ello en el artículo «La evaluación inicial del alumnado: el papel formativo del Inspector de Educación», publicado en la revista Avances en Supervisión Educativa, que puedes leer aquí.

Fíjate en la paradoja. Precisamente la sesión que no produce notas es la que más nos cuesta aprovechar. Pocas pruebas hay más claras de hasta qué punto la calificación organiza nuestro trabajo, y de que la enseñanza está condicionada por la evaluación y, muy especialmente, por el examen como instrumento de evaluación único o, al menos, como el que de verdad decide la calificación.

Sé que, ante los cambios normativos que promueven instrumentos de evaluación variados y que evitan que la nota dependa del examen, surgen voces que desprecian cualquier reforma en ese sentido, como si se tratara de una ocurrencia reciente. No lo es. La normativa lleva casi un siglo pidiendo que el examen como instrumento de evaluación no sea el único. El artículo 9.º del Decreto de 8 de abril de 1936, publicado en la Gaceta de Madrid n.º 100, el antecedente del actual BOE, ya lo recogía expresamente:

«Los alumnos oficiales de los Institutos nacionales de Segunda enseñanza serán calificados por los Profesores del curso, constituidos en Junta, a partir del día 20 de Mayo. Para juzgar a estos alumnos se tendrá en cuenta la labor realizada durante el curso, los ejercicios prácticos y los escritos».

Calificación colegiada del equipo docente, trabajo de todo el curso, ejercicios prácticos y escritos. Leído hoy, podría pasar por un párrafo de cualquier decreto de currículo vigente. Han pasado noventa años y las normas han seguido diciendo lo mismo con otras palabras, hasta llegar a la evaluación continua, formativa e integradora de la LOMLOE. Y, sin embargo, el examen como instrumento de evaluación sigue pesando más en la calificación que lo que el alumno ha aprendido de verdad.

Porque no nos engañemos: un alumno que saca un 10 en un examen ha adquirido los aprendizajes o ha sabido estudiar para obtener esa nota, y no siempre es lo mismo. Si pasado un tiempo tuviera que hacer ese mismo examen, ¿volvería a sacar un 10? En muchos casos, la respuesta honesta es que no, y eso significa que lo que medimos no era tanto el aprendizaje como la capacidad de rendir en un momento concreto.

Me gusta compararlo con el examen teórico del carné de conducir. Hay quien se aprende de memoria los test, aprueba a la primera y, unos meses después, no sabría decirte quién tiene preferencia en una rotonda. Nadie diría que ese aprobado demuestra que sabe circular. Con el examen escolar ocurre algo parecido cuando es lo único que cuenta.

No defiendo eliminar el examen como instrumento de evaluación. Es útil para algunas cosas. El problema aparece cuando se convierte en el único, o en el que de verdad decide la nota, y cuando lo usamos para cerrar el aprendizaje en lugar de para mejorarlo. Cambiar la evaluación pasa por partir de los criterios de evaluación y no de lo que cabe en una prueba escrita, por recoger evidencias a lo largo del curso con instrumentos que realmente midan el aprendizaje y, sobre todo, por devolver al alumno información que le sirva para mejorar antes de que llegue la nota, que es lo que convierte una evaluación en formativa de verdad. Nada de esto exige esperar a la próxima ley. Lo que falta es hacerlo.

Y si estás preparando la oposición, ten presente que el tribunal también lo lee. Una programación didáctica en la que la calificación descansa, en la práctica, sobre el examen como instrumento de evaluación dice mucho de cómo entiendes la evaluación, por bien redactado que esté ese apartado. Algo que explico en los grupos de preparación de la oposición.

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