logo fran nortes

Simulacros de terremoto en los centros educativos

4 de octubre de 2026

La madrugada del miércoles 30 de septiembre, buena parte de la huerta de Murcia se despertó con la cama moviéndose. Dos terremotos de magnitud en torno a 3, con epicentro al sureste de Beniel, se sintieron en la capital, en pedanías como Llano de Brujas, Los Ramos, Santa Cruz o Zeneta, y hasta en la Vega Baja alicantina. Cinco días antes ya había temblado en esa misma zona. Y a comienzos de agosto, un seísmo de magnitud 3,9 con epicentro en Pliego obligó a activar el plan regional de riesgo sísmico en fase de preemergencia.

No hubo daños. Pero hubo susto, y detrás del susto aparece una pregunta inevitable para cualquiera que trabaje en educación: ¿y si llega a ser a las once de la mañana, con veinticinco alumnos en el aula, con un grupo en el gimnasio y otro bajando las escaleras hacia el patio? La respuesta honesta es que, en muchos centros, no lo sabríamos del todo. No por falta de voluntad, sino porque nunca lo hemos ensayado.

Lo digo así de claro porque llevo muchos años entrando en centros educativos y sé cómo se vive el simulacro. Cada curso, durante el primer trimestre, los centros tienen que realizar un ejercicio práctico de evacuación. No es una buena práctica voluntaria ni una ocurrencia del equipo directivo: lo establece la Orden de 13 de noviembre de 1984 sobre evacuación de centros docentes, lo refuerza la Norma Básica de Autoprotección aprobada por el Real Decreto 393/2007, que en los centros incluidos en su ámbito pide simulacros al menos una vez al año, y forma parte de las medidas de emergencia que la Ley 31/1995 de Prevención de Riesgos Laborales exige tener previstas. Por eso, en estas primeras semanas de octubre, muchos centros ya tienen la fecha marcada en el calendario.

Sin embargo, casi todos los simulacros que se hacen son el mismo. Suena la alarma, se forma la hilera del alumnado (lo que se llama fila, pero que el término correcto es hilera), se baja por la escalera asignada y se cuenta al alumnado en el punto de encuentro del patio. Es el simulacro pensado para un incendio, y está bien que exista, porque el incendio es el riesgo más habitual. El problema es que, ante un terremoto, lo que hemos ensayado durante años es justo lo que no hay que hacer en los primeros segundos.

Mientras la tierra se mueve no se corre hacia la salida, porque las escaleras y los pasillos se convierten en el lugar más peligroso del edificio y una avalancha de alumnos provoca más heridos que el propio temblor. Lo que hay que hacer es buscar un punto de seguridad, protegerse la cabeza y esperar a que acabe la sacudida. La evacuación llega después, ordenada, cuando se ha comprobado que es seguro salir. Son dos reflejos opuestos, y un reflejo que no se ha entrenado no aparece cuando hace falta.

En comunidades autónomas como la mía esto no es una cuestión teórica. Murcia es una de las zonas con mayor actividad sísmica de España, y Lorca sigue muy presente en la memoria colectiva: los terremotos del 11 de mayo de 2011 causaron nueve muertos y dejaron dañados 28 colegios y 6 institutos del municipio, algunos de ellos tan gravemente que hubo que derribarlos.

La Consejería de Educación ya lo tuvo en cuenta hace unos cursos. Su Servicio de Prevención de Riesgos Laborales elaboró unas Recomendaciones para centros educativos en caso de terremoto que siguen siendo un documento de referencia muy útil. Identifican los puntos de seguridad del edificio, como muros de carga, columnas, marcos de puertas o mesas sólidas, siempre lejos de ventanas, estanterías y lámparas. Explican qué hacer durante y después de la sacudida, y dan pautas también para el recreo y para el transporte escolar. En versiones anteriores del documento, el propio Servicio planteaba realizar un simulacro de terremoto al menos cada dos años, integrado si se quería en el ejercicio de evacuación del primer trimestre. Es decir, no se pedía un trámite añadido, sino aprovechar el que ya es obligatorio.

El documento remite, además, a la guía didáctica para profesores sobre riesgo sísmico que la Dirección General de Protección Civil y Emergencias del Ministerio del Interior tiene publicada dentro de su programa para centros escolares. Es un material pensado para trabajar el tema en el aula antes del simulacro, que es donde de verdad se aprende. Quien quiera ir un paso más allá tiene también la Guía de información al ciudadano ante el riesgo sísmico y una publicación que debería leer cualquier docente de esta región: Lorca resiliente: lecciones aprendidas de un terremoto.

Por eso mi propuesta para este primer trimestre es sencilla. Que el simulacro obligatorio se plantee como terremoto y no solo como incendio. Primero, la sacudida, con el alumnado protegido en sus puntos de seguridad. Después, la evacuación ordenada al punto de encuentro, alejándose de fachadas, cornisas y cristaleras. Antes de hacerlo, merece la pena revisar con el claustro dónde están esos puntos en cada aula, qué ocurre si la sacudida llega en el recreo y quién corta los suministros. Y después, dejar constancia de las conclusiones en el registro del simulacro, porque es ahí donde el plan de autoprotección deja de ser un documento archivado y se convierte en algo que el centro sabe hacer.

Y si estás preparando la oposición, ten presente que todo esto forma parte de la realidad del centro que vas a describir ante el tribunal, igual que el plan de contingencia para situaciones de emergencia del que ya hablé en este blog.

Últimas noticias

linkedin facebook pinterest youtube rss twitter instagram facebook-blank rss-blank linkedin-blank pinterest youtube twitter instagram