
Cuenta la conocida fábula de Esopo que una liebre y una tortuga decidieron competir en una carrera. La liebre, segura de su superioridad, se burló de la lentitud de la tortuga y salió disparada. Pero, tan confiada estaba, que decidió detenerse a dormir una siesta. La tortuga, en cambio, avanzó paso a paso, sin detenerse, hasta cruzar la meta… y ganó. Una historia con moraleja que ha servido durante siglos para ilustrar la importancia de la constancia frente a la prepotencia.
Pero vayamos a otro escenario. Uno menos bucólico y bastante más prosaico: el del Ministerio de Educación.
Desde el inicio de la actual legislatura, en noviembre de 2023, una promesa resonó con fuerza: esta será la legislatura del profesorado. Así lo afirmó la Ministra de Educación en sede parlamentaria en la Comisión de Educación del Senado, presentando a los y las docentes como el eje central del sistema, la prioridad política y educativa de la legislatura. Era un mensaje que muchos recibimos con cautela, pero también con esperanza. Después de años de reformas incompletas, de normativas solapadas, de cambios sin rumbo claro, por fin parecía que se iba a situar al colectivo docente en el centro del tablero.
Y no fue una declaración aislada. El pasado mes de octubre, concretamente el día 28, publiqué en esta misma web un análisis tras la entrevista concedida por el Secretario de Estado de Educación al diario El País. En ella, no solo se reafirmaba esa intención de priorizar al profesorado, sino que se anunciaban cambios inminentes.
Pero, medio año después, esa inminencia ha demostrado tener una elasticidad admirable.
Sí, se constituyeron los grupos de trabajo con los sindicatos. Lo conté en Instagram a principios de año. Se dividieron en varias áreas clave, entre ellas una especialmente esperada: el grupo dedicado a los sistemas de ingreso en la función docente. Un grupo que, recordemos, debe abordar temas tan fundamentales como los modelos de acceso, la tutorización de las prácticas, la iniciación profesional a la docencia o la tan esperada revisión de los temarios.
Sin embargo, ese grupo aún no se ha reunido. Su primera sesión tendrá lugar, según está previsto y anunciado por los sindicatos, a finales de este mes de abril. Cinco meses después de anunciar que los cambios eran inminentes. Tres meses después de constituir los grupos.
Y mientras tanto, la legislatura avanza. Como la liebre. Rápida en su inicio, llena de declaraciones grandilocuentes, pero ahora en pausa, durmiendo una siesta política en lo que se refiere a la mejora de las condiciones laborales del profesorado. Confiada en que aún queda tiempo, en que la carrera se gana al final.
Pero he aquí el problema: la tortuga, en esta historia, no avanza sin detenerse. Se ha quedado atascada entre papeles, calendarios, grupos de trabajo y promesas repetidas. Y cada día que pasa sin tomar decisiones efectivas hace que aumente la distancia entre los discursos y la realidad. Entre las necesidades urgentes del sistema educativo y los tiempos lentos de la Administración.
La pregunta, entonces, no es solo si la tortuga logrará alcanzar a la liebre. Es si la carrera llegará siquiera a terminarse. Porque si la legislatura no llega a los cuatro años —y en política todos sabemos que las sorpresas están a la orden del día— puede que, cuando se convoquen elecciones, la anunciada reforma se haya quedao, una vez más, en una mera declaración de intenciones.
Y así, una vez más, el profesorado vuelve a ser protagonista… de los discursos. Porque en los hechos, seguimos esperando. Pacientes. Constantes. Como la tortuga.
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