
La evaluación criterial supone que el referente para que el docente valore y califique al alumnado sean los aprendizajes contemplados en los criterios de evaluación y no otras cuestiones como pudiesen ser la conducta, las faltas de ortografía o la participación en clase, salvo que estos aprendizajes estuviesen expresamente incluidos en los criterios de evaluación. De este modo, se asegura que la calificación final del alumnado responda a evidencias objetivas relacionadas con lo que realmente debe aprender y demostrar.
Para realizar esa valoración resulta imprescindible seleccionar el instrumento de evaluación que permita obtener la información con la que el docente realizará un juicio profesional y fundamentado, a fin de emitir una calificación rigurosa en el marco de la evaluación formativa y formadora que promueve el diseño curricular derivado de la LOMLOE. Por tanto, escoger el instrumento adecuado para cada criterio de evaluación resulta una labor esencial del profesorado para evitar errores y no pretender obtener información mediante herramientas que no aportan evidencias válidas sobre los aprendizajes establecidos en el criterio correspondiente.
Es como si un médico quisiera medir la presión arterial de un paciente y utilizara un pulsómetro en lugar de un tensiómetro. El pulsómetro registrará la frecuencia cardiaca, pero no la presión arterial. Con esa información el facultativo no podría tomar decisiones clínicas acertadas, ni establecer un diagnóstico ni definir el tratamiento adecuado. En la educación sucede lo mismo: si el profesorado emplea instrumentos inadecuados, la información obtenida no permitirá comprender el nivel real de logro del criterio de evaluación y, por extensión, no se podrá tomar decisiones pedagógicas ajustadas a las necesidades del alumnado.
La función docente implica, por tanto, identificar con claridad qué pretende medir cada criterio para seleccionar el instrumento que mejor permita recoger evidencias sobre ese aprendizaje. En este sentido, la evaluación se convierte en un proceso técnico y reflexivo, que exige conocimiento curricular, rigor profesional y planificación.
Por ejemplo, imaginemos que estamos en el área de Lengua Castellana y Literatura para el segundo ciclo de Educación Primaria y analizamos el criterio de evaluación 3.1: Producir textos orales y multimodales coherentes, con planificación acompañada, ajustando el discurso a la situación comunicativa y utilizando recursos no verbales básicos. ¿Qué instrumento de evaluación permitiría comprobar si el alumno es capaz de producir textos orales? Evidentemente, un examen escrito no sería el medio idóneo, mientras que una exposición oral o una intervención breve planificada sí proporcionaría la información adecuada, permitiendo observar elementos verbales y no verbales, organización del discurso y adecuación al contexto comunicativo.
Otro ejemplo lo encontramos en Educación Secundaria Obligatoria. En Matemáticas, el criterio de evaluación de los primeros cursos 1.2 establece Aplicar herramientas y estrategias apropiadas que contribuyan a la resolución de problemas. En este caso, un instrumento adecuado puede ser una prueba escrita con problemas contextualizados, donde el alumnado muestre el proceso de resolución, justifique decisiones y argumente procedimientos. Un trabajo teórico o una escala de observación sin resolución práctica no aportarían información suficiente para emitir un juicio de logro.
Estos ejemplos evidencian que no existe un instrumento universal válido para todos los criterios. La clave consiste en ajustar la herramienta al aprendizaje esperado, combinando cuando sea necesario distintos instrumentos para obtener una visión completa del proceso. Listas de control, pruebas escritas, proyectos, escalas de observación, portafolios o producciones orales son solo algunas de las herramientas que, bien utilizadas, permiten recoger evidencias sólidas y fiables.
Por todo ello, la primera tarea del docente consiste en analizar con detenimiento los aprendizajes asociados a cada criterio de evaluación, apoyándose en las competencias específicas como guía orientadora respecto a lo que se pretende verificar. En algunas comunidades autónomas, como es el caso de Galicia, este análisis se complementa con los objetivos del área o materia, que aportan mayor precisión al sentido y finalidad educativa del aprendizaje esperado.
Trabajar así no es solo una exigencia normativa, sino un ejercicio ético y profesional. La evaluación basada en criterios garantiza equidad, transparencia y objetividad, favorece un aprendizaje profundo y ayuda a que el alumnado comprenda qué se espera de él y cómo puede mejorar. Además, permite al profesorado tomar decisiones pedagógicas fundamentadas para orientar el proceso de enseñanza y aprendizaje, adaptando estrategias, reforzando contenidos o modificando metodologías cuando sea necesario.
La transformación educativa que impulsa la LOMLOE encuentra en la evaluación criterial uno de sus pilares. Para que este cambio sea real, es imprescindible que los instrumentos de evaluación seleccionados respondan al sentido pedagógico de los criterios y no a inercias del pasado. Evaluar bien no significa evaluar más, sino evaluar mejor, recogiendo información de calidad que permita mejorar el éxito educativo del alumnado y dignificar la tarea docente.
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