
En estas fechas de publicación de los resultados de la primera prueba de la fase de oposición, se entremezclan emociones muy distintas: momentos de alegría para algunas personas y de profunda tristeza, frustración e incluso indignación para muchas otras. Indignación comprensible ante situaciones vividas en distintas comunidades autónomas, donde en algunos casos han aprobado menos aspirantes que plazas ofertadas, o directamente nadie ha superado la prueba. A ello se suman las diferencias de puntuación entre miembros de tribunal —como ha ocurrido en Andalucía— y las irregularidades detectadas en la primera prueba en especialidades como Educación Infantil en Cantabria, Inglés en Asturias o Procesos de Gestión Administrativa en Castilla-La Mancha, entre otras que han trascendido en medios y redes sociales durante los últimos días.
En cualquier caso, la realidad de quienes no han logrado superar esta primera prueba, pese a haber invertido tiempo, esfuerzo, dedicación, dinero e incluso salud —renunciando muchas veces a la familia y al entorno personal—, es especialmente dura. Más aún en los casos en los que no se trata simplemente de un suspenso, sino de calificaciones injustificadamente bajas que no reflejan el contenido real de lo escrito en cada una de las partes.
Lo cierto es que no hay consuelo inmediato. Son muchas las preguntas que una persona se hace y muy pocas las respuestas que encuentra, más allá de una que golpea con fuerza: ¿realmente merece la pena volver a pasar por esto?
Este sentimiento es completamente normal. Como recuerda el doctor Rojas Marcos, todo duelo requiere tiempo, y nunca menos de ocho semanas. Por eso, es desde la distancia temporal desde donde conviene analizar lo sucedido, no ahora, en un momento de alto impacto emocional que solo conduce a diagnósticos subjetivos y, a menudo, injustos con uno mismo y con la vocación que nos trajo hasta aquí.
La clave estará, cuando pase el tiempo, en identificar posibles causas. Y si es posible hacerlo con una copia de las pruebas, mejor aún, porque permite un análisis más realista y documentado. Tal vez la razón esté en las faltas de ortografía, en haber dejado temas sin estudiar confiando en la suerte, en no haber sabido enfocar adecuadamente el caso práctico o, simplemente, en una preparación insuficiente por parte de la academia o del preparador que nos acompañó. Puede incluso que no exista análisis posible más allá de la mala suerte, así de simple, pero real.
Pero ese análisis no toca ahora. Es importante permitir que pase ese duelo (que en algunos casos será más largo) antes de pensar en una estrategia. Cuando llegue ese momento, quizás haya que replantear el modelo de preparación: en lugar de nueve meses intensos, tal vez convenga una preparación sostenida durante dieciocho meses, con dos cursos vista, que permita opositar, trabajar y vivir de forma más equilibrada.
No sé si estas palabras servirán de algo, pero están escritas con la única intención de ofrecer una perspectiva distinta y ayudar, aunque ahora cueste verla.
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